Ciencia detrás de las agujetas: el ácido láctico no es tu problema

Son muchas las personas, no sé si será también tu caso, que deciden asumir hábitos de vida más saludables. Lógicamente uno de ellos recoge la práctica de ejercicio y actividad física. Algunos se ponen metas como reducir tiempo o aumentar el recorrido, mientras otros intentan practicar una rutina semanal de ejercicios bajo las instalaciones de un gimnasio.

También hay momentos puntuales, podemos imaginarnos las fechas aproximadas, en las que un mayor número se lazan a los brazos del deporte. Claro que, tras la primera semana, muchas de ellas caen presas de las terribles garras de las agujetas: esos dolores musculares que erróneamente habíamos asociado a cristales de ácido láctico.

Aunque las conocemos comúnmente como agujetas, el nombre apropiado es dolor muscular de aparición tardía (DMAT). Hace referencia a ese dolor que hemos sentido alguna vez en regiones musculares que hemos sometido a un esfuerzo importante, sobre todo en casos en los que pasamos de la más pura inactividad a una fuerte carga de trabajo muscular.

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Una de las formas de reducir el riesgo de agujetas es estirar antes y después de casa sesión (Ivitalia)

Nuestro cuerpo, que se ve expuesto a una situación a la que en absoluto está habituado, acaba pagando las consecuencias del intenso trabajo. Se ha creído durante bastante tiempo que el metabolismo, buscando más energía para cubrir el ejercicio, generaba ácido láctico (o lactato) que se acumulaba como desechos cristalinos entre las fibras musculares y ocasionaba dolor.

Esta teoría está más que desmentida, y la comunidad científica acepta por el momento otra hipótesis contrastada por numerosos estudios aunque en permanente debate por mejorar. La comentaremos llegados al final de este artículo, no obstante vamos a desglosar primero aquella desterrada idea sobre los cristales: vamos con el ácido láctico.

Así pues, tiramos de historia. Para serte sincero, no he logrado datar quién propuso concretamente la hipótesis del ácido láctico. Los compañeros de El Mundo hablaron allá por 2006 de Otto Meyerhof y Archibald Vivian Hill, quienes observaron la aparición de esta sustancia en ancas de ranas sometidas a impulsos eléctricos. Según cuentan ellos, éste fue el paso previo a relacionar la fatiga muscular con el ácido láctico en los tejidos.

No obstante, y aunque no he podido corroborar (si alguien puede, los comentarios están abiertos) quién dijo primero que había cristales entre los músculos, me parece justo indicar que hace más de dos siglos que se comenzó a estudiar la bioquímica de los músculos y los mecanismos de oxidaciones biológicas para la obtención de energía.

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Como se muestra, la glucosa pasa a piruvato y existen dos caminos: respiración y fermentación

Todo esto está muy bien, pero quedan preguntas: ¿qué es exactamente el ácido láctico? ¿Quién lo produce y por qué? Para responder estas cuestiones es fundamental entender cómo nuestro metabolismo extrae energía de los nutrientes que le aportamos, pero sobre todo la clave está en las condiciones necesarias para que esto ocurra. Nuestro organismo tiene dos vías a su alcance, una de ellas es el metabolismo aeróbico (la respiración celular, si queréis) y otra es el metabolismo anaeróbico (al que llamamos fermentación).

El primer caso, como imagináis, es el favorito del organismo: en presencia de oxígeno transformamos la glucosa en moléculas químicas más sencillas que nos aportan energía. Es el proceso más eficiente del que disponemos, pero también una alternativa algo más lenta. En situaciones de ejercicio intenso (y poco habitual) puede ocurrir que necesitemos un empujón adicional de energía o que, sencillamente, el oxígeno que recogemos no sea suficiente para realizar esa quema de glucosa y obtener la energía que estamos exigiendo.

¿Consecuencia? Recurrimos a ese metabolismo anaeróbico, menos eficiente pero más rápido y que no depende del oxígeno. Una de sus vías es la conversión de glucosa a ácido láctico: la glucosa se rompe en dos moléculas de piruvato (en ambas vías), pero la ausencia de oxígeno evita la degradación de estas moléculas, que se fermentan en su lugar en lactato.

Cuestión de movimiento de electrones y enzimas, como ocurre en todos los procesos de nuestro complejo organismo. Pero, ¿por qué esta teoría es errónea? Básicamente, no se han logrado ver esos cristales en biopsias de atletas con agujetas. También se ha comprobado que personas con la enfermedad de McArdle (pertenece al grupo de las glucogenosis tipo V), la cual evita la fermentación láctica del organismo, padecen agujetas tras realizar ejercicio intenso… ¡y eso es imposible si el culpable fuera el ácido!

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La glucólisis en el músculo, la cluconeogénesis en el hígado, el ciclo de Cori (The Immagine)

Otra razón son los numerosos estudios que demuestran la eliminación del lactato por oxidación, algo que ocurre realmente rápido. Se ha comprobado que el lactato (a pH fisiológico) sale de la célula muscular y llega al hígado a través del torrente sanguíneo, donde se obtendrá de nuevo glucosa. Esto ocurre gracias al ciclo de Cori, una ruta metabólica cíclica entre músculo e hígado, entre glucosa y lactato, que forma parte de la gluconeogénesis.

La comunidad científica ha aceptado actualmente una teoría más sencilla (desde mi punto de vista) y lógica: microrroturas fibrilares. Es decir, la práctica de ejercicio supone una constante repetición de contracción-elongación de los músculos. Esto posibilita que las fibras más débiles se rompan en el proceso, ocasionando inflamación y dolor al quedar la zona dañada y sensible.

Por supuesto, hay argumentos para tomar como verdad esta hipótesis: por ejemplo, el aumento de la concentración en sangre de proteínas o enzimas que no son capaces de atravesar la membrana muscular. También la aparición de hidroxiprolina, un aminoácido no esencial que constituye un 10% aproximadamente de la molécula de colágeno, en la orina.

«Se producen microlesiones musculares y tendinosas, lo que hace que se acumulen gran cantidad de metabolitos o desechos, que dan paso a una reacción inflamatoria e irritan las fibras nerviosas produciendo dolor» podemos leer en Vitónica. Si eres de los que tras el ejercicio recurre a un vaso de agua con azúcar, debes saber que solo tomas azúcares añadidos.


Otras fuentes de información en este artículo: Fitness Revolucionario, Xataka Ciencia, La ciencia es fácil, CienciaVisión.

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