De nuevo, dos aditivos cuestionados: el imprescindible papel del trabajo científico

Las dudas y recelos que muestra el consumidor hacia los aditivos alimentarios es uno de los temas que se encuentran en auge actualmente, y no es para menos. Nos encontramos con una situación de desconfianza importante hacia estas sustancias, sumado todo ello a un desconocimiento importante sobre las funciones que cumplen en el producto.

De este fenómeno hablamos recientemente en «Falsos temores en contra de los aditivos». Ahora un nuevo par de estudios, y las autoridades francesas, ponen alertar sobre un conjunto de aditivos. ¿Qué opinan estos nuevos trabajos? ¿Cómo puede influir la puesta en escena de nueva evidencia científica sobre el consumidor?

Para añadir más leña al fuego, resulta que en ciertas ocasiones nos encontramos que la propia industria alimentaria es la que pone trabas en este debate. Destaca un marketing fuerte, que apuesta por resaltar alimentos etiquetados como “sin aditivos” o “naturales”, y duras campañas que reniegan de ellos sin dar motivos justificados al consumidor para ello.

Con este panorama, en los últimos días hemos visto dos aditivos resaltados en los medios. El primero de ellos es el óxido de titanio, más conocido en los etiquetados como E171. En concreto, está compuesto por nanopartículas de óxido de titanio y, tal como indica el código, está catalogado dentro de los colorantes para aportar a alimentos como golosinas, chicles, dulces, pasteles o la mayonesa un puro blanco impoluto.

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Dulces, golosinas, pasteles… en definitiva, numerosos ultraprocesados que contienen el E171 (Natural Dublanc)

¿Qué ocurre con nuestro aditivo? Las autoridades francesas han decidido prohibir su uso a partir de 2020, es decir, en unos meses. Al parecer, estudios en ratones han hecho dudar a la ANSES (la agencia francesa de seguridad alimentaria) y han decidido paralizar su uso hasta extraer nuevas conclusiones de carácter científico sobre el aditivo.

Una decisión que trae controversia, pero lo importante es saber leerla entre líneas. Se nos ha sumado un estudio desde Australia, publicado en Frontiers in Nutrition, que señala el impacto de estas nanopartículas sobre las bacterias de la microbiota intestinal. Concluyen que, al interferir en algunas de sus funciones, esto puede desencadenar desarrollar algunas enfermedades inflamatorias o cáncer colorrectal.

«Las nanopartículas no cambiaron la composición de la microbiota, pero sí alteraron la actividad bacteriana y condujeron a que se apelmazaran formando un biofilm que provocó inflamación en los ratones. Este fenómeno se relaciona con el riesgo de desarrollar Síndrome de Intestino Irritable (SII) y cáncer colorrectal» indicaba el inmunólogo Lawrence Macia en las páginas de El Español.

Seamos claros: la EFSA, Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, ha evaluado y revaluado este aditivo en más de una ocasión. Los compañeros de Vitónica nos ofrecen una visión más que completa de ello. En 2016 indicaron que no había efectos genotóxicos, es decir, que no eran sustancias capaces de producir cambios en el ADN o que provoquen cáncer en relación al consumo actual que realizamos.

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Observan la formación de un biofilm en bacterias de E. Coli por la acción del óxido de titanio (Front Nutr.)

La posterior revisión, en 2018, volvió a reafirmarse en que no había evidencia científica de que el aditivo fuera inseguro. Francia, no obstante, no se muestra conforme y prefiere su futura prohibición. ¿Debemos asustarnos? En absoluto, pues no es más que un método preventivo. La EFSA responde y se reafirma, no hay evidencia alguna de riesgo con este aditivo en relación al uso de la industria y la cantidad media que consumimos.

Pero, tal como indicábamos al comienzo, no es el único señalado en estos días. El pan de molde y los productos de bollería contienen comúnmente un conjunto de aditivos que actúan como conservantes, englobados entre los E280 y E283, y que abarcan más precisamente a los propionatos. ¿Por qué se añade? Para aumentar la vida útil del producto, e impedir la aparición y proliferación de mohos y bacterias.

Podemos entender que su función está más que justificada. Y al establecerse en código E para los compuestos en cuestión, también tenemos la certeza de que la evaluación de la EFSA ha concluido que es inocuo y no existe riesgo para la salud en las dosis permitidas. Algo que cuestionan desde la Universidad de Harvard, con un estudio publicado en Science Translational Medicine que habla de una potencial contribución de los propionatos al desarrollo a la resistencia de la insulina y el sobrepeso.

Debemos comprender que el propionato es un ácido graso de cadena corta que tiene una importante actividad antimicrobiana, y que encontramos de forma natural en numerosos alimentos: lácteos como el quesos, café o crustáceos. El estudio se realizó en dos fases: una principal administrando el aditivo a ratones y donde observaron un aumento de hormonas como el glucagón, la norepinefrina y la FABP4Estos hechos guiaron al metabolismo de los animales a aumentar los niveles de glucosa (hiperglucemia), un rasgo característico de la diabetes.

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Medidas del plasma de ratones tras 18 semanas tratados con propinoato de sodio y cloruro de sodio (Sci. Transl. Med)

En consecuencia los roedores aumentaron de peso y mostraron resistencia ante la insulina. La segunda fase supuso un estudio doble ciego con catorce pacientes sanos, de los cuales los que recibieron estos aditivos tuvieron un aumento en las mismas hormonas. Unos resultados que plantean nuevas preguntas sobre la inocuidad de estos agentes, algo que no está nada mal, porque nos obliga a continuar extrayendo evidencia científica.

«Ya sabíamos que los productos ultraprocesados eran perjudiciales, en todo caso ahora además conocemos uno de los posibles mecanismos» señala Antonio Mars, médico especialista en endocrinología y nutrición, para El País. La tecnóloga de alimentos y consultora de seguridad alimentaria Beatriz Robles también ofrece su punto de vista: «la primera parte de la investigación se efectuó sobre ratones, y este tipo de estudios solo sirven para establecer hipótesis y plantear nuevas líneas de investigación»

«Según la EFSA, consumimos de media diaria entre 1,1 y 7,7 mg por Kg de peso corporal. Para un adulto de 70 kilos, esto supone entre 0,077 y 0,5 gramos al día, una cantidad muy alejada de la que se usó en el estudio, de 1 gramo» resalta Robles. ¿Qué podemos extraer nosotros de todo ello? Tranquilidad, siendo sinceros. Los consumidores podemos mantener la calma, estas situaciones demuestran que no damos nada por seguro y nos replanteamos las conclusiones de los diferentes estudios que surgen.

La ciencia avanza cada día, los métodos mejoran. Los aditivos son evaluados, y se vuelven a revaluar periódicamente, incluido cuando aparecen nuevas fuentes de información. Un único estudio no es suficiente: aumentar el número de trabajos nos ayuda a encontrar la respuesta más cercana a la realidad, y de la misma manera, asegurar la inocuidad de los productos que aplicamos y las dosis seguras.


Fuentes de información en este artículo han sido La Vanguardia, 20minutos, Deporte y Vida (Diario AS).

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